Cambio cultural en tiempos difíciles
Acertadamente, la nueva Ministra de Cultura, Patricia Ariza, ha dicho en una reciente entrevista que “si el cambio no es cultural, no habrá cambio”. En este artículo mostraré que es y, en especial, hacia donde debería encaminarse el cambio cultural.
Los diseñadores y hacedores de políticas públicas, y aún de revoluciones, en especial cuando estos son abogados y economistas, buscan cambiar (o al menos reformar y reconfigurar), sistemas de incentivos económicos, políticos y punitivos sin cambiar a la gente. Para promover nuevas leyes y políticas e, incluso, sociedades justas, recurren a diseñar renovadas camisas de fuerza institucional o incentivos (léase, garrote y zanahoria), y a veces condiciones igualitarias (velos de la ignorancia o incertidumbre compartida sobre el futuro).
Quienes apostamos a cambios de la sociedad mediante transformaciones radicales en la cultura, asumimos que las personas no son equiparables a ratas de laboratorio, con comportamientos maleables a partir de estructuras de incentivos. Entendemos que los cambios culturales implican transformaciones en las estructuras materiales (economía, leyes, política) y en las estructuras mentales (visiones del mundo, proyectos de vida, valores e ideologías).
Los cambios culturales no son impuestos coercitivamente (por medio del poder político-militar), ni comprados a través del soborno (el poder seductor de la economía, a través de recompensas y premios), ni mucho menos logrados mediante ofertas mafiosas difíciles de rechazar (mixturas de castigo y seducción, que prometen el cielo a los obsecuentes y el infierno a los desobedientes).
Los cambios culturales son voluntarios, pues dejan un margen a la libertad de elegir y al libre albedrío, aunque son guiados mediante la pedagogía. El reto de los educadores y formadores que trabajan la cultura es, justamente, el de incidir sobre las mentes (el enseñar a pensar) y el actuar sobre los corazones (el activar pasiones que motivan a la acción). Pero para que esta formación no se quede en una quimera de la palabra, o quijotesco pensar con el deseo, deben estar acompañados de cambios en la vida material de la gente. Sin anheladas reformas que tiendan hacia la justicia social y ambiental, entonces las transformaciones culturales devienen vacías y frustrantes ensoñaciones con la palabra.
Colombia, como el resto de los países de América Latina y el Caribe, han tenido más espejismos de cambio que cambios reales. Treinta años atrás, una alianza entre soñadores social-demócratas con fríos calculadores neoliberales, produjeron la Constitución de 1991. Esto resultó en una importante reforma en el contrato social (las leyes), sin reformas en la vida material ni cambios en la espiritualidad de la gente. Y en las últimas tres décadas de gobiernos de derecha, se han hecho nocivas transformaciones a esta Constitución.
Por la misma época, el gracioso Alcalde Mockus nos hacía creer que la cultura ciudadana era la expresión jocosa de los mimos, y las campañas mediáticas para cambiar, parcialmente, algunas creencias o percepciones de la ciudadanía (como la conveniencia de ahorrar agua en tiempos de sequía, o respetar las señales de tránsito). Sus experimentos de cultura ciudadana permitieron algunos logros coyunturales, como el ahorro de agua y un ejercicio de tributación voluntaria en Bogotá.
Durante largas décadas que ya suman siglos, los políticos y economistas liberales (y neoliberales), nos han engañado haciéndonos creer que si la economía va mejor (si aumenta el crecimiento), entonces todos estaremos, tarde o temprano, bien. Decepcionantemente, la economía siguen estando bien para una ínfima minoría de menos del 1% de la población, y bastante mal para el resto, en especial bastante mal para los pobres y los miserables.
En varios países latinoamericanos, como en los del resto del mundo, han llegado, en las últimas décadas, unos supuestos gobiernos de izquierda. No obstante, estos gobernantes no pasan de ser unos neoliberales de izquierda. Las ostentosas políticas de reducción del hambre y de la pobreza, y los avances en materia de justicia social y algo de bienestar, han sido financiadas dilapidando los recursos del porvenir. Esos avances progresistas, más keynesianos que socialistas, han sido posibles gracias al creciente endeudamiento público y debido a la reciente bonanza exportadora de recursos minero-energéticos, y de otras materias primas como los cereales, los biocombustibles y el ganado.
El pasado siete de agosto se ha posesionado, como Presidente de Colombia, un carismático proveniente de la izquierda. Ha comenzado el gobierno del cambio, liderado por Gustavo Petro, acompañado de algunos de los más notables exponentes del progresismo en el país, y también de ciertos cuestionados personajes. No obstante, la parte agria de esta dulce historia, es que en el país, en el continente y en todo el mundo vivimos tiempos difíciles.
Por el lado de la sociedad y de la economía, se avecinan algunas catástrofes como la crisis de la globalización que amenaza la soberanía y seguridad alimentarias y el suministro de importantes recursos, el creciente déficit comercial (gracias a décadas de apertura y liberalización), el preocupante déficit fiscal (por la poca o nula tributación de los más ricos), el colosal aumento de la deuda pública y del endeudamiento de los hogares.
Por el lado de la naturaleza se ciernen graves crisis. Además del calentamiento global que ha agravado el cambio climático, hay una escasez creciente de agua dulce, una desertificación de la tierra, una extinción de las diversas especies, y una acidificación de los océanos. Toda esta catástrofe llega a tal punto, que en pocas décadas sería inviable la vida en el planeta, al menos para una inmensa mayoría de las especies, y para la casi totalidad de la especie humana.
El gran reto del Presidente Petro y de la fuerza del cambio histórico es el de trascender una tentativa de reforma y de revolución meramente humanista. Debemos promover la paz y la reconciliación no sólo al interior de la sociedad sino, además, entre la sociedad y la naturaleza.
Me temo que algunos de los líderes del nuevo gobierno aún no han entendido esta nueva realidad de tiempos difíciles, y de final del crecimiento económico. Ya no podemos hablar, felizmente, de las virtudes del crecimiento y del gasto privado y público desmesurados, como en la época optimista del buena vida Keynes. Es pertinente interrogarse acerca de los sectores económicos que deben conservarse y de aquellos que deberían ser eliminados.
El cambio cultural que exigen las actuales circunstancias es el de la moderación y el de la frugalidad. Para promover la justicia social hay que redistribuir la riqueza y el ingreso. Para promover la justicia ambiental es apenas sensato y justo, consumir y gastar menos. Alcanzar un buen vivir y un vivir sabroso, dentro de los límites de la moderación y de una prosperidad sin crecimiento.
Finalizo con un ejemplo. En la reforma tributaria que ha propuesto el nuevo gobierno se destacan los incentivos para desestimular el consumo de bebidas y otros alimentos azucarados (dulces venenos). Para propender por un cambio permanente y masivo, hay que trabajar más allá de la política pública tradicional, hacia un cambio cultural. Por lo demás, hay que fortalecer alternativas sanas y ecológicas, como la producción local de alimentos frescos y dulces (frutas, bocadillos, panela, etc.), que también hacen parte de nuestra soberanía alimentaria.
*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Escritor y conferencista. Estudioso de la acción noviolenta en política y en economía, y de la cultura ciudadana. E mail: documentosong@gmail.com. Instagram: fredy64cante


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