Hacia una nueva cartografía para caminar juntos


MARIO ESPINOSA COBALEDA
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La posesión de Gustavo Petro como presidente de nuestro país, es tal vez la principal conquista de  un pueblo que, tras siglos de luchas logra reivindicar su derecho a decidir, a exigir unas mejores  condiciones de vida, a ser tenido en cuenta, a sentirse incluido y a participar activamente en la  construcción de sus anhelos. 

Como el bello tango de Astor Piazzolla titulado Oblivion, el olvido tiene llena el alma de  melancolía, es complejo y al mismo tiempo sublime. Cuando es un acto voluntario implica  despojarse del equipaje emocional, es algo así como una catarsis de amor y desamor. Si hacemos  un periplo por nuestra reciente historia, de sucesos macabros y escabrosos, de despojos,  exclusiones e infamias, principalmente en contra de los desposeídos y los “nadies”, podemos  encontrar muchísimas razones para anhelar la paz, para armonizar el corazón con la naturaleza y  nuestros semejantes, para reconciliarnos y darnos el abrazo del perdón. Y, sin embargo, perdonar  no es olvidar…. Es recordar para que no se vuelva a repetir, es pasar la página y soñar con unos  próximos capítulos en donde los protagonistas no sean los villanos. 

La ilusión que se ha alimentado con una simbología de promisorios buenos vientos, tiene ante  todo la premisa de que la mejor forma de resolver los conflictos y desavenencias es sentándose a  hablar, es ir más allá de la ofensa y la absurda actitud de los derrotados, que continúan destilando ponzoña con sus tuits y columnas de opinión; esto es más que una suficiente razón para saber  por qué perdieron. Creo que nuestra sociedad está cansada del conflicto y por primera vez sueña  con la posibilidad de la tranquilidad, de “vivir sabroso”. Los discursos incendiarios de las gorgonas  uribistas, de los chifloretos rezagos de la godarria, para quienes la música militar y las voces de  mando les parecen coros de arcángeles, de los despechados del poder, no podrán opacar esa  nueva y legítima aspiración de un pueblo que creyó que sí es posible gobernar de otra manera y  vislumbrar mejores horizontes. 

El embeleco de que el orden y la justicia se consiguen a costa de requetemuertos y “falsos  positivos” dejó de tener validez. Venimos de un proceso de diálogo para la construcción y firma de  un Acuerdo de Paz con el principal grupo insurgente; es un compromiso que hay que cumplir para  ganar credibilidad, para ejemplarizar unos principios éticos, para demostrar que la arrogancia y  terquedad del anterior inepto presidente, nos ha retrasado cuatro años y nos ha costado miles de  nuevas víctimas. Ya no es tiempo para desplumar colibríes, es la oportunidad de desplegar las alas y  salir del laberinto en procura de nuevas formas de amar la existencia y encumbrarnos hacia  espejos de arreboles. 

Este ha sido un buen momento para evadir nuevos colapsos, para evitar que alguien  perversamente astuto, como en el dominó, hubiera sido capaz de “cerrar el juego” teniendo en  sus manos la ficha ganadora, que en este caso era la vacía, la de ganar las elecciones diciendo  imbecilidades, sin un asomo de lucidez o de estructuración política…. De la que nos salvamos…. Tal  vez hacerle el quite a esa debacle, puso en evidencia la inminente necesidad de avanzar en una  expedición pedagógica que sea capaz de enseñarnos a elaborar un pensamiento colectivo hacia la  paz, hacia el respeto a la vida, a la diferencia cultural, hacia nuestras raíces. 

Esta nueva puerta que se abre a la utopía, no hubiera sido posible sin el sacrificio y la inmolación de tantas vidas de soñadores e inconformes. La lista es tan grande, que sólo enumerar las víctimas  líderes sociales, mujeres activistas, indígenas, afros, campesinos, soldados y policías, jóvenes de  barrio, intelectuales, defensores de derechos humanos, llevaría un buen tiempo, pues como dijo  el padre Francisco de Roux, si hiciéramos un minuto de silencio por cada una de las víctimas del  conflicto, tendríamos que estar callados durante diecisiete años.

Por eso es posible que su legado,  ese patrimonio de sabiduría y recorrido en la construcción de procesos sociales, esa larga historia  de luchas y fracasos sea un espléndido argumento para que detrás de bastidores se confabule la  alegría. La mejor lección aún está por venir, y en ella debe existir el compromiso de todos y cada  uno de nosotros y nosotras, de nutrirnos de reciprocidad, de solidaridad, de la capacidad de  pensar en plural, de mitigar la indolencia y mirarnos con los mismos ojos de nuestras deidades. Es  posible que reinventemos nuestra criolla versión de la Alegoría de la Caverna en donde la luz sea  patrimonio todos y la certidumbre de tejer mejores sueños y hacerlos realidades nos devuelva la  ilusión y la esperanza. 




* Antropólogo Universidad Nacional. Experto en trabajo comunitario, escritor, conferencista, viajero, aventurero y conocedor de los pueblos y culturas de Colombia. Melómano y lector incansable. Instagram: @mario.e.cobaleda

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