Las imágenes, los símbolos y las formas
Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.
Cien Años de Soledad
Gabriel García Márquez
GLORIA PATRICIA FIGUEROA OVALLE*
Los símbolos cumplen una función importante en los procesos identitarios de los pueblos; manifiestan formas en las que hablamos de lo que somos, cómo nos vemos y cómo buscamos que nos reconozcan. Siguiendo a I Lotman (2002), si bien hay múltiples discusiones sobre este concepto, cada sistema sabe cuál es “su símbolo” y requiere de éste para el funcionamiento de su estructura semiótica; éste mismo autor señala que los símbolos tienen algo de arcaico, son guardados en la memoria del colectivo, que ingresan como mensajero de otras épocas y a la vez son fundamentos de la cultura.
La posesión presidencial del pasado 7 de agosto, con la ceremonia, el protocolo y los símbolos, me llevaron a repensar todos estos elementos, por el lugar privilegiado que ocupó la espada de Bolívar en esta representación y que permitió la construcción de un interesante circuito histórico.
Como naciente república, nuestro territorio experimentó con la señalada espada, la necesidad de empuñarla para lograr la emancipación a través de la muerte, dándole el uso para el que fue creada, pero que luego, con los procesos que lleva la construcción del discurso histórico sumado a la protección de lo arcaico y las lecturas que de este periodo hacen los pueblos, se constituyó como símbolo de la libertad de los territorios andino-americanos y que traducidos a lo contemporáneo, fue expuesta como símbolo discursivo en palabras del actual presidente Gustavo Petro: "Esta espada representa demasiado para nosotros, para nosotras, y quiero que nunca más esté enterrada, quiero que nunca más esté retenida, que solo se envaine —como dijo su propietario, el libertador— cuando haya justicia en este país. Que sea del pueblo: es la espada del pueblo y por eso la queríamos aquí en este momento y en este lugar", estableciendo una extraña relación entre la libertad y la muerte.
Es aquí donde el símbolo se transforma en imagen cuando se atribuye un valor a partir de las representaciones de una comunidad, así : libertad en el siglo XIX, rebeldía en el siglo XX y transformación en el siglo XXI.
Sin embargo, podría ser de otra forma, ser esta una oportunidad de repensar lo arcaico y generar símbolos para construir nuevas identidades, a través por ejemplo del “soy porque somos”, una renovada esencia con un ser más comunitario. Para ello sería necesario que a la voz se le diera más importancia que a la espada y en ese sentido hubiese tenido mayor relevancia el juramento de la Vicepresidenta Francia Márquez que la ceremonia de la espada del libertador.
Un camino donde fuera ineludible que el juramento declarado por la Vicepresidenta: “Juro a Dios y al pueblo cumplir fielmente la constitución y las leyes de Colombia. También juro ante mis ancestros y ancestras, ¡Hasta que la dignidad se haga costumbre!” fuese más importante que “Como presidente de Colombia le solicito a la Casa Militar traer la espada de Bolívar.”
Esto lleva también a pensar en las formas, sobre cómo presentamos o exponemos el poder, dado que, a pesar de las apuestas por la deconstrucción de las tradicionales masculinidades, estas siguen imponiendo una visión del ejercicio del poder sostenida sobre el mando, la fuerza y la espada. Esto se evidenció nuevamente en todas las ceremonias desarrolladas en la posesión presidencial, no solamente durante el evento, con los discursos, las paradas militares, la forma de ingresar a la “casa”, sino los posteriores titulares de prensa tanto tradicional como de medios digitales, centrados en los discursos del nuevo presidente, tanto del poder ejecutivo y el legislativo, como en los mensajes “políticos” de moda que transmitieron las mujeres asistentes al evento.
Para cerrar esta interpretación personal del escenario representado en la posesión presidencial, sostengo que no sólo es necesario generar nuevas relaciones entre la libertad y vida - no la muerte, nuevas simbologías si se quiere- además del papel que debemos ocupar todas y todos en nuevos espacios de reconocimiento, en un Macondo que ya no requiera señalar lo que no tiene nombre, sino renombrar los simbolismos arcaicos.
* Politóloga Universidad Nacional. Magistra en gobierno, políticas públicas y desarrollo territorial. Docente investigadora, mamá, cinéfila y lectora. Correo: gloriapfo@gmail.com


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