EL HAMBRE... LA PEOR DE LAS MASACRES
ANDRÉS GUERRERO*
Mientras el país intenta abrirse camino entre la expectativa y la realidad, la situación de orden público es bastante delicada pese a los llamados tempranos del presidente convocando a todos los grupos armados a la negociación y a la construcción de la paz total. Preocupan las masacres y vendettas que siguen creciendo fruto del legado del desgobierno anterior. Según INDEPAZ, en actualización reciente, existen en este año un total de 77 masacres con cerca de 250 víctimas fatales.
El reclamo por una mayor seguridad se ha exacerbado, con evidente resentimiento en redes sociales, la voz de la “oposición inteligente” de extrema derecha ha utilizado toda la publicidad y la potencia de los algoritmos de twitter y otras plataformas, para manipular a las personas con su sable de batalla, el miedo y los señalamientos. Omitiendo vulgarmente su inacción al no haber combatido efectivamente, cuando pudieron, las causas estructurales de la desigualdad y los grupos armados ilegales, que gracias a la falta de apoyo a la implementación de los acuerdos de paz con las FARC, tuvieron un crecimiento exponencial, tanto en cantidad de combatientes, como en fuentes ilegales de financiación.
Pareciera que estas personas, que buscan incautos en redes sociales para inocularles el virus de la rabia, no quisieran para nada a Colombia y la tuvieran como una vaca, de las mismas de Fedegan, que pese a estar flaca, saben ordeñar para saciar su voracidad. Eso, cuando menos, los deja lejos de ser malos perdedores y los convierte en saboteadores expertos, que no van a ceder un centímetro con tal de mantener sus antiguos privilegios.
Aquí es donde la capacidad de respuesta del gobierno del cambio debe mostrar más allá de los discursos, resultados en lo preventivo y operativo. Pero, este es el problema, aún está aterrizando en el ejercicio del poder, que no es sencillo e inicia con el tiempo en contra y con las alianzas temblorosas.
La urgencia para detener las masacres en todo el país empieza a movilizar los recursos del Estado en diferentes frentes y escenarios, eso, sin duda es muy positivo. Sin embargo, los asesinatos son sólo la punta del iceberg, se esconde debajo, una forma más terrible de aniquilación y dominación.
Emerge una condición estructural más grave que debe ser asumida por este gobierno de forma inmediata, se debe contemplar como si fuera similar a los extremos hechos de violencia ocurridos. El hambre. El elemento más radical de la violencia estructural, es la peor de las masacres, silenciosa y continua, está anunciada y ya se nos vino encima.
Muchas personas en este momento están simplemente con una comida al día. Quizá hayan tomado sólo un tinto y si están de buenas probado una empanada, sienten hambre al no poder acceder a la canasta básica ni a oportunidades de generación de ingresos. Según el DANE, casi 21 millones de colombianas y colombianos están en riesgo grave, de hecho, el panorama es peor, cientos de niñas y niños ya han muerto por hambre a causa de la desnutrición y la corrupción rampantes.
Según alertó la Defensoría del Pueblo en su último informe, existe un cifra penosa de 197 niñas y niños que han sido “masacrados” indignamente por no tener comida, mientras, 8710 están “heridos” de gravedad por la desnutrición aguda y moderada. Si se observan las cifras entre masacres y muertes por hambre y se comparan, vemos que ambas están bastante cercanas y deben ser objeto de una intervención efectiva.
Cabe señalar que el hambre también es un problema mundial de vieja data. Sin embargo, hoy se agudiza al extremo, principalmente en los países donde la concentración de la riqueza es más fuerte como en Colombia. Los efectos, según dice Stanley, A. (2022). en su columna para la página web del FMI, serán devastadores. Señala con preocupación que: “Un período de años de relativa estabilidad de precios llegó a su fin en 2021 cuando los precios de los alimentos aumentaron 23%, debido en parte a eventos meteorológicos extremos que mermaron las cosechas y a los crecientes costos de la energía” y claro, también a la situación de guerra entre Ucrania y Rusia, que son las productoras y proveedoras de trigo y de los principales insumos agrícolas, fortaleciendo la gigantesca especulación del mercado sobre los alimentos.
Colombia tiene diversos problemas, que dentro de lo señalado en el ámbito global, agudizan la situación interna. Principalmente, una excesiva concentración de la riqueza y la tierra fértil, que paradójicamente, lesiona la posibilidad de que los campesinos, quienes son la primera línea contra el hambre en los momentos más duros como la pandemia y el conflicto armado, tengan condiciones para producir, sacar sus productos, vender y tener un buen vivir. Además, se suman otros condicionantes como la migración de venezolanos, el desplazamiento y el confinamiento armados, la desigualdad extrema, el alza sostenida de la inflación y la imposibilidad de producir de forma masiva y comercial, nuestros propios insumos agrícolas.
El hambre es un hecho. Efecto de la desidia institucional histórica, ha sido usado como un arma política de sometimiento en el pasado más reciente, incluso, en algunas regiones, no se renuncia a doblegar a los más pobres para beneficio de sus élites. Ante el hambre y la falta de oportunidades, un mercado cautiva y compra apoyos en el electorado. El hambre, es una de las grandes amenazas para la paz, no podrá haber cambio, revolución o proceso que se construya con el estómago vacío.
Según uno de los recientes informes de la FAO (2022): “7,3 millones de colombianos precisarán asistencia alimentaria este año”. Lo cual dimensiona la complejidad del asunto al contrastarse con las altas cifras de pobreza multidimensional en múltiples territorios. Hoy cerca del 30% de los alimentos, incluyendo el arroz, el maíz y otros cereales, son importados de países donde su producción está subsidiada, afectando la competencia y la posibilidad suplir la necesidad de estos productos con una oferta nacional y local económica.
El país se encuentra en un momento de transición, por fin, logra sin violencia dar un giro a la manera como se hace la política y ese voto histórico de confianza, debe verse retribuido.
Para ello vale la pena preguntar: ¿Qué está haciendo el gobierno para enfrentar el hambre y cómo se podría fortalecer un mecanismo para suplir con abundancia, las necesidades nutricionales, de seguridad y de soberanía alimentarias?.
La confianza otorgada al nuevo gobierno ha posibilitado, con una rapidez inusitada en la institucionalidad, que se inicie un paquete de medidas de urgencia, se ha presentado la reforma tributaria al Congreso para recaudar vía impuestos, los recursos para financiar las inversiones estratégicas en la producción de alimentos e implementar el derecho a la alimentación, también, se ha propuesto un plan de choque a través de bonos de alimentos y subsidios para la canasta básica.
Desde la bancada del Congreso, se ha presentado la propuesta de “Ley contra el Hambre”, que ya inició sus debates, paradójicamente, esta sólo ha tenido el respaldo inicial y la firma de 17 Congresistas, lo que muestra que aún no se toma en serio, ni tampoco, se atiende el problema que ya es inmenso. Habrá que esperar si los mensajes de urgencia pueden materializar hechos.
Lo complejo que implica construir transformaciones pese a las élites políticas y en ocasiones con ellas, frena bastante la ilusión de cambios generosos, no será sencillo, el proceso será tensionante y la traición estará asomada a la vuelta de la esquina cuando se pise el interés de los más poderosos o de los que fingen ser amigos. Por eso, lo grande, lo difícil, debe ser abordado a la mayor brevedad y con decisión.
Es inaudito que en un país de inmensa riqueza como Colombia, haya personas que mueran, tanto por ser acribilladas por los sicarios, como, por no haber tenido lo mínimo para comer porque las castas políticas más corruptas les dejaron sin pan. La dignidad humana como principio base de los DH, no sólo debe mover las fibras íntimas de las personas para presionar los cambios, además, debe delinear la política pública y social para el logro del desarrollo integral en nuestro país. El mandato, más allá de una consigna política de determinado color, ha de ser un fundamento para la vida, para el presente y futuro, para siempre. Que la voz del pueblo, de sus dirigentes y sus acciones, converjan y se traduzcan en un contundente ¡No más hambre! ¡No más masacres!


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