IMPUESTOS A LA HUELLA ECOLÓGICA
Freddy Cante*
En 1886, León Tolstoi, publicó una pequeña historia titulada “cuánta tierra necesita un hombre”. En este relato hay un motor del crecimiento de la riqueza personal, a través de la tentación, en forma de envidia y avaricia. Este se activa, cuando la hermana mayor de la mujer de un humilde campesino, llega de visita y habla de la abundancia de bienes y servicios de consumo en la gran ciudad. El jornalero es tentado al comenzar a desear una tierra propia para vivir con alguna holgura, sin humillaciones. Mediante buenos negocios (compras y ventas, sin tanto trabajo), el campesino sin tierra se vuelve pequeño propietario, y luego modesto terrateniente. No le bastaron los primeros 50 acres y terminó buscando más de 2.500 acres. En busca de más tierra que lo liberase de externalidades y roces con sus vecinos, perdió una apuesta contra el tiempo y murió, para terminar ocupando tan sólo dos metros de tierra.
En los años treinta del siglo pasado, John Steinbeck escribió, las uvas de la ira. En esta relató la tragedia de campesinos, que perdieron su tierra a causa de las deudas impagables, en medio de la crisis económica mundial, y el daño ecológico conocido como “cuenco de polvo”. Steinbeck, afirmó en aquel escrito, que un banquero o el propietario de un terreno de 50.000 acres no es un hombre sino, en realidad, un monstruo.
Mientras literatos y algunos filósofos indagan la insaciabilidad de los apetitos de consumidores e inversionistas, algunos economistas y otros científicos se han preguntado acerca del impacto de la población, el crecimiento y la tecnología (contaminante) sobre la naturaleza. De paso han mostrado que la voracidad del ser humano del siglo XXI, en forma de consumismo y productivismo, desborda los límites que tanto escandalizaron a Tolstoi, y a Steinbeck.
La huella ecológica indica la cantidad de recursos naturales gastados para sostener a una población (abarca minería, deforestación, agricultura, ganadería, pesca, etc.), a lo que se suma la cantidad de desperdicios, y los gases de efecto invernadero que vertemos a la naturaleza. La huella ecológica se mide en hectáreas globales, y se estima en la cantidad de planetas tierra que, en promedio, un ser humano requiere.
Este indicador ayuda a entender el problema de sociedades que, literalmente, viven por encima de sus capacidades, gracias al comercio internacional, y a la globalización. A grandes rasgos, los países desarrollados (Estados Unidos, Europa, China, India, Japón, etc.) exceden la biocapacidad de sus territorios, y aprovechan el exceso de esta en los países del sur global. Los países subdesarrollados han quedado (con alguna aquiescencia), sometidos a exportar materias primas y energías, y a importar bienes procesados e incluso peligrosos desechos.
En general, un individuo promedio de un país desarrollado, con alto crecimiento e industrialización, vive por encima de sus posibilidades: tal sujeto, a través del mercado interno (compras de la urbe al campo), y del comercio internacional (importaciones de energía, minerales y vegetales de países subdesarrollados), consume, indirectamente, recursos renovables y no renovables, producidos en hectáreas del resto del mundo. El economista Stanley Jevons lo entendió muy bien, cuando advirtió el agotamiento de las minas de carbón en Inglaterra y, en consecuencia, sugirió la importación de este mineral.
Hacia 1970, en promedio, cada individuo del mundo requería el equivalente a un planeta tierra para vivir. Hoy en el 2022, en promedio, requerimos 1.75 planetas tierra. El ciudadano promedio de Estados Unidos requiere poco más de 8 hectáreas globales, el de China 3.8, el Alemán 4.7, y el colombiano casi 2 hectáreas globales. Si todos los habitantes del planeta siguieran el mal ejemplo (de crecimiento, industrialización, productivismo y consumismo) de Estados Unidos, de la Unión Europea y de otros países desarrollados, entonces el planeta ya se habría tornado más invivible e insuficiente para la vida humana, y para cualquier otra forma de vida.
Las emisiones de dióxido de carbono son una parte de la huella ecológica. El magnate Jeff Bezos, arroja unas 300 toneladas de carbono por cada 180 segundos, en sus excéntricos viajes por fuera del espacio terrestre. Hay que recordar que, en promedio, cada habitante de la tierra arroja unas 6.2 toneladas de carbono al año; los gringos unas 20 toneladas y los chinos 10 y, supuestamente, un nivel “sostenible” sería de 1.3 toneladas de carbono anual per cápita. A esto se agrega que, en conjunto, los ultra-ricos y las llamadas clases medias, son responsables de casi el 90% de las emisiones anuales de carbono.
En Colombia, una de las grandes prioridades del Gobierno del cambio, liderado por Gustavo Petro, es la lucha contra el calentamiento global y la preservación del planeta. Acertadamente se han incorporado impuestos a la extracción y explotación de combustibles fósiles, y algún impuesto a las emisiones. Pero, en general, la reforma tiene un sesgo más hacia la oferta que hacia la demanda (consumismo).
Es sintomático que los impuestos a quienes causan el calentamiento global siguen siendo, en extremo, irrisorios. En la reforma tributaria de Carrasquilla, se imponía un tributo de $17.660 por cada tonelada carbono equivalente, mientras en la de Ocampo, se impone un poco más: $20.500 (lo que no llega a US$5).
En el mundo sólo 27 países han impuesto tributos a la emisión de dióxido de carbono, y en este grupo no están los grandes contaminantes como Estados Unidos, China e India. Las cargas tributarias más irrisorias son las de Polonia y Ucrania (de menos de un dólar), Japón con menos de dos dólares. Las más significativas son las de Suiza (US$130) y las de Uruguay (US$137). Los impuestos al carbono graban un componente de la huella ecológica, y lo graban laxamente.
Un impuesto a la mayor huella ecológica tiene la virtud de grabar los usos y abusos que hacen con su dinero (ingresos, rentas, dividendos, etc.) los inversionistas y los consumidores. Este impuesto es un cobro por el mayor valor agregado, en términos de excedentes inocuos y francamente nocivos, y también supuestamente provechosos, que están incorporados en el conjunto de bienes y servicios intermedios y finales de la economía.
Una mayor huella ecológica implica más distancia (transporte marítimo, fluvial, terrestre y aéreo), más tiempo de preservación artificial (embalajes plásticos, químicos conservantes, refrigeración, bodegaje, etc.), a lo que se suma la infinidad de insumos y mano de obra de diversos y distantes lugares del mundo. El consumo de productos agrícolas producidos con la “revolución verde”, intensiva en pesticidas y abonos derivados del petróleo, es también perjudicial. Las dietas intensivas en carne son nocivas para la naturaleza, por la enorme cantidad de insumos (soya y maíz) que consume el ganado. La agricultura convencional y la ganadería emplean enormes cantidades de agua. Además, la mayor exclusividad, en términos de modas, marcas, y de uso excesivo de espacios privados y de bienes privados (autos, electrodomésticos, viajes aéreos internacionales y aún domésticos), genera una mayor huella ecológica.
La ventaja operativa de ese tipo de impuesto es que se puede seguir en tiempo real, gracias a que las transacciones y usos quedan registrados en diversos computadores. La ventaja más importante, en términos de política pública, es que se puede transformar en un incentivo para consumir productos nacionales y cercanos (cero kilómetros, cero plástico, cero bodegaje, y poca refrigeración). Si embargo, este tipo de impuesto no cumple con el, sospechosamente, inocente precepto (neoclásico) “el que contamina paga”, pues los daños, en particular, el calentamiento global son irrecuperables.
En conclusión, lo que se puede explorar es la creación de impuestos francamente disuasivos, que desalienten el consumo de energías fósiles y los diversos consumos ostensibles y suntuarios. Los personajes de las mencionadas historias de Tolstoi y Steinbeck, morían en el fango de su propia voracidad, los codiciosos de hoy son armas de destrucción masiva.
La humanidad acelera su auto-destrucción y la extinción masiva de otras especies, cuando los apetitos insaciables de consumidores e inversionistas se miden en millones de dólares, en tanto que los ridículos impuestos se tasan en centavos de dólar.
*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Escritor y conferencista. Estudioso de la acción noviolenta en política y en economía, y de la cultura ciudadana. E mail: documentosong@gmail.com. Instagram: fredy64cante


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