TRANSICIÓN ENERGÉTICA Y MODELO ECONÓMICO



Freddy Cante*


En el exquisito texto Politicaly Correct Bedtime Stories, de James Finn Garner, hay una recreación de “Rumpelstiltskin”, cuento originalmente escrito por los hermanos Grimm. El duende de esta historieta sabía de economía política y, luego de unos procesos de producción e intercambio que tomaron tiempo y fueron afortunados, logró enseñar a la princesa cómo convertir la paja en oro. 


La tan en boga,   transición energética, entendida como la sustitución de energías agotables, causantes de emisiones de dióxido de carbono (en su orden de perjuicio, carbón, petróleo y gas), por energías limpias, renovables,  y que no causan tales emisiones, puede resultar un fiasco si se ignoran los avances de la economía ecológica.  En particular, una transición energética sin una transformación en el  modelo económico,  equivale a un acto de alquimia. 


Hoy en día, en lugar de una franca sustitución, lo que existe es una adición energética. En los diversos reportes de la International Energy Agency (IEA),  se pueden constatar, fácilmente, dos diáfanas evidencias, a saber: primera, la canasta energética del mundo (y de Colombia) ha crecido, ostensiblemente,  en el último medio siglo; segunda, en vez de una sustitución energética lo que existe es una adición de nuevas energías “limpias”, que se suman  a las energías sucias que, por lo demás, siguen consumiéndose con voracidad (tanto en Colombia, como en el resto del mundo). 


El consumo de energía, requerida para hacer funcionar las diversas máquinas, para procesar y transportar materia tangible e intangible (información), se mide en unidades como Exajulios (EJ) de energía consumida o gastada en tales procesos.  A comienzos del siglo XIX, el consumo energético mundial, se ha estimado en 20 exajulios. Al iniciar el siglo XX, cuando se había incorporado el carbón, el consumo global de energía ascendió a 50 EJ. Para 1950, cuando se había incorporado el petróleo y el gas, la cifra era de 100 EJ. 


El crecimiento de la canasta energética y la adición de nuevas energías (supuestamente limpias), se registra en las dos siguientes tablas, elaboradas con información de la IEA.

CONSUMO ENERGÉTICO MUNDIAL EN EJ


1970

2019

Carbón

26.6

39.8

Petróleo

83.6

169

Gas

24.4

68.4

Biocombustibles


43.4

Electricidad


82.3

Otros (eólica, solar)


15.1

TOTAL

180

400



Para Colombia, la medida es de terajulios (TJ), de energía generada (para consumo interno y para exportar), y el período es el de los últimos treinta años. 


GENERACIÓN DE ENERGÍA EN COLOMBIA, EN TJ


1990

2019

Carbón

128.896

200.528

Petróleo

413.191

722.665

Gas

141.286

500.934

Hidroelectricidad

98.989

196.537

Biocombustibles 

231.137

221.728

Total 

1.000.000

2.000.000


El enorme aumento del gasto energético, en el mundo y en Colombia, y la adición de nuevas energías a la creciente canasta de combustibles fósiles (en lugar de la sustitución de estos por las nuevas y renovables fuentes energéticas), ocurre, básicamente, porque la población humana y el crecimiento económico han estado incrementándose.  Los incrementos exponenciales en la población y en el crecimiento se nutren de una extracción y combustión, también exponencial, de diversos combustibles.  Obviamente, las emisiones de gases efecto invernadero (también causadas por la ganadería y la deforestación), siguen ese irrefrenable ritmo exponencial. 


Al modelo imperante (de productivismo y consumismo), se suma una importante restricción económica.  Esta es la imposibilidad de sustituir a la naturaleza (energía, materia y formas de vida) con el trabajo y el capital, y es similar a lo imposible que resulta desmaterializar la economía. La gran paradoja, es que las mal llamadas energías limpias y renovables, se generan con maquinarias intensivas en extracción y refinamiento de diversos minerales (cobre, aluminio, zinck,  litio, plomo, níquel, sodio, tierras raras, etc.), son fabricadas en altos hornos y, además,  se transportan haciendo uso de combustibles fósiles. A esto se suma el transporte de estas energías “limpias” mediante energías fósiles y más insumos de minería (para las extensas redes), desde los lejanos centros de generación, hacia los hogares y las empresas. 


En el caso de  los mal llamados bio-combustibles, hay un creciente problema de inseguridad alimentaria, pues la tierra y los vegetales que deberían ir para la canasta de bienes de los seres humanos, han terminado como recursos para alimentar a las máquinas. Esto, por lo demás, muestra una sustitución invertida y enfermiza: la agricultura que, durante miles de años ha permitido una economía de subsistencia pero sostenible, se está utilizando, parcialmente, para paliar la escasez creciente de combustibles fósiles. Esta misma problemática le resta cualquier supuesta limpieza a las hidroeléctricas, que constituyen una nociva alteración de los flujos de agua, poniendo en peligro la fauna acuática y restando proteínas a la cada vez más pobre canasta de bienes, en particular,  de la parte más pobre de la humanidad. 


El creciente uso de combustibles fósiles también se explica por desplazamientos (el carbón que antes se usaba en transporte, ahora se usa para los hornos de las calderas). También por la ubicuidad de recursos como el petróleo que, además de ser combustible, se refina para fabricar otros derivados como el plástico, las telas y materiales sintéticos, la perfumería y la diversidad de abonos, fungicidas y pesticidas que se usan en la agricultura a gran escala (la mal llamada revolución verde). 


Una opción factible, para que al menos en Colombia exista una ostensible reducción de la extracción y quema de combustibles fósiles (en especial del carbón y el petróleo), y un aumento de energías más renovables y de origen menos contaminante, radica en algunas opciones del decrecimiento económico,  y en la reducción gradual de la población. 


Unas medidas de corto plazo, como la reducción ostensible en la huella ecológica (menos transporte, menos intermediación y menos tráfico), dejando de usar combustibles nocivos y que serán cada vez más costosos (como la gasolina y el diésel), deberían ser una prioridad. El ahorro y el consumo frugal de ciertas energías es ahora tan o más vital que la tributación misma, pues es una forma de solidaridad social que garantiza los derechos humanos y los derechos de la naturaleza. 


El decrecimiento puede ser selectivo, lo que significa fomentar el crecimiento de sectores intensivos en empleo de mano de obra (economía de los cuidados del prójimo y de la naturaleza), y en el incremento de economias agrícolas intensivas en trabajo humano, y caracterizadas por ser orgánicas y de permacultura. Esto tendría que ir acompañado de reducción significativa de la huella ecológica (menos transporte, menos comercio y menos globalización).  Los alimentos frescos (cero kilómetros), las artesanías, y las factorías para relocalizar, reusar y reciclar deberían ser una prioridad. 


Lo inevitable de esta transformación es lo acuciante del colapso de la civilización global (que es una crisis en lo ambiental y en lo socio-económico).  Históricamente, las transiciones energéticas previas (agricultura, ganadería, carbón, petróleo), han implicado mayor consumo energético pues han soportado un crecimiento expansivo y uno recurrente (o industrializado). 


El actual momento histórico, al contrario de las mutaciones pasadas, exige una disminución en el consumo de energías y materiales, no solo por su agotamiento sino por su aporte al calentamiento global. 






*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Escritor y conferencista. Estudioso de la acción noviolenta en política y en economía, y de la cultura ciudadana. E mail: documentosong@gmail.com. Instagram: fredy64cante

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