SIN TIEMPO SE DESVIRTÚAN LOS DIÁLOGOS REGIONALES



Freddy Cante*


Los procesos políticos, en particular aquellos de elección social y colectiva, y las tentativas de democracia directa (que exigen participación y argumentación), demandan una buena dosis de tiempo. Sin suficiente tiempo para percibir, para conocer, para pensar, para argumentar, para discutir, y para tomar decisiones colectivas, se desvirtúa cualquier proceso democrático. En estas breves líneas ofrezco una respuesta al interrogante de cuánto tiempo deberían tomar los diálogos regionales vinculantes (abiertos con algo de prisa e improvisación por parte del Gobierno del cambio). 


En el cuento, el libro de arena, de Jorge Luis Borges, se relata la existencia de un pavoroso híper-texto, infinito como la arena (que no tiene principio, ni tiene fin). Un libro en el que no había posibilidad alguna de hallar la primera o la última página, pues siempre surgían, insomnemente, nuevas páginas. Un texto que, sin duda, exigiría un lector inmortal, para leerlo eternamente. 


La metáfora del libro infinito que demanda un tiempo infinito para asimilarlo, equivale al extremo de asignar un tiempo infinito (interminable) a cualquier actividad como, por ejemplo, los diálogos. Una democracia directa, abierta a la consulta diaria, de cada detalle y minucia, sería posiblemente rica en información pero muy pobre en concreción de proyectos. 


El otro extremo, igualmente cuestionable y vicioso, es el de pretender resolver cada diálogo regional en las breves horas laborales de un día. Este simplismo es el equivalente a la irrisoria faena de un estudiante, en extremo perezoso, que pretende extraer toda la sustancia de un libro,  leyendo solamente los contados párrafos de una exigua página. 


Los diálogos regionales vinculantes no están ni deberían estar circunscritos  a una discusión estrecha de crudo economicismo. Estos  no son un simple ordenamiento de canastas de bienes (o el registro de un mero listado de mercado, como algún ilustre exministro pretendió sugerir). La virtud de estos diálogos es, justamente, que tienden o deberían tender hacia el exigente ejercicio de conocer y entender las situaciones y problemas de la gente. También deberían escuchar y entender, receptivamente, las  expectativas subjetivas de los diferentes pobladores,  que viven en los diversos territorios de Colombia.  Estas expectativas de carácter subjetivo se denominan (en el lenguaje técnico), como estados sociales. 


En la perspectiva del economista J. K. Arrow, un estado social, es una expectativa que recoge los gustos y, en especial, los valores de la ciudadanía. Estos están enfocados en cambiar un orden social y, por lo mismo, en establecer una asignación y una distribución deseable y factible de recursos económicos. También recoge cosmovisiones y perspectivas de bienestar (buen vivir, felicidad, vivir sabroso), al igual que prioridades en materia de ritos y ceremonias. En breve, un estado social, es una imagen de una sociedad deseable. 


A la mencionada diversidad, que sólo pueden expresar las personas de diversas regiones (por su conocimiento específico de tiempo y de lugar), se suma la percepción de riesgos e incertidumbres (y de  los llamados cisnes negros) que, con alguna frecuencia,  captan mucho mejor quienes tienen la piel en el juego, como diría Nicholas Taleb. Este irreverente escritor ha hecho notar que, sintomáticamente,  un bombero sabía más de cisnes negros que muchos sofisticados estudiosos de estadística (metidos en la burbuja de su aula de clases,  y sus revistas indexadas). 


Si los diálogos sociales vinculantes están abiertos a escogencias colectivas (de estados sociales) y el plan de desarrollo trasciende la estrecha normalidad (para captar incertidumbres y cisnes negros), entonces se requiere un tiempo suficiente,  y una participación más intensa de las comunidades. 


Hay que hacer énfasis, siguiendo la perspectiva de la politóloga Ellinor Ostrom, en que las comunidades, con mucha frecuencia,  pueden manejar y preservar recursos de uso común mucho mejor de lo que lo hacen los mercados (el sector privado) y el Estado. 


Para empezar, sería pertinente destinar unos tres a cuatro meses para estos diálogos, asignando un presupuesto para financiar a líderes sociales de cada región que, durante ese intervalo de tiempo, se reúnan a dialogar con sus comunidades, y con un con un conjunto de actores externos (integrantes del Estado, y de las Universidades). Obviamente estos dos últimos actores, deberían vivir durante al menos un trimestre en la región y tener algunos vínculos con esta.  Un diálogo completo, con argumentos y contra-argumentos, con la confrontación de modelos académicos con perspectivas de ciencia ciudadana, podría garantizar un plan de desarrollo genuinamente participativo. 


El intervalo de tiempo propuesto no riñe con la normatividad, en cuanto a cronograma de etapas y fechas de entrega del Plan Nacional de Desarrollo, previsto por el DNP. Así las cosas, se podría hacer un valioso trabajo en dos niveles, a saber: por el lado de la perspectiva general, el gobierno central podría ir adelantando las pautas macro del plan y, con el avance de la reforma tributaria, ir calculando el presupuesto disponible; por el lado, de la perspectiva particular, desde abajo y desde las regiones, se iría construyendo un conjunto de estados sociales deseables a nivel micro, con todos los detalles y priorizaciones de cada región. Los dos procesos se articularían al final de unos cuatro meses, justo en el período de ajustes del Plan de Desarrollo. 


Los diálogos sociales vinculantes deberían ser entendidos como un encuentro entre los gobernantes y las comunidades, que no puede estar circunscrito a salones de eventos ni a efímeros shows mediáticos en las redes. Lo que se requiere es un intenso trabajo de campo, una vivencia en los territorios que habitan las comunidades. 


Estos diálogos deberían ser espontáneos (sin la camisa de fuerza de un libreto), y dando espacio y tiempo suficiente para permitir que los participantes expongan, libremente, sus expectativas.  Uno de los atributos esenciales de la escogencia social liberal es el llamado dominio irrestricto, esto significa que las preferencias y expectativas no deben estar sujetas a un molde conductista. 


Este esquema no excluye la visita protocolaria del Presidente y de sus ministros y tecnócratas, la cual podría ser pensada para la etapa final de cada diálogo regional, justamente, para llegar a recoger resultados de cada debate.  En el ejercicio debería haber, en lo posible, algún deslinde entre lo que puede resolver, localmente, cada comunidad, y aquello que debería solucionar el Estado.  

Sin duda, esta propuesta entraña grandes cambios en la manera de hacer política pública, pues deja abierta la puerta para pensar los diálogos regionales vinculantes como un espacio más permanente, también en los procesos de ejecución y evaluación de las políticas.  Ese es el reto, francamente ineludible,  de un gobierno que le ha apostado a la inclusión de los nadie.







*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Escritor y conferencista. Estudioso de la acción noviolenta en política y en economía, y de la cultura ciudadana. E-mail: documentosong@gmail.com. Instagram: fredy64cante

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