TRANSICIÓN ENERGÉTICA PARA SUPERAR LA FRAGILIDAD DE LA ECONOMÍA





Freddy Cante*


En Colombia, la coyuntura ha estado marcada por la subida del dólar y el creciente riesgo de invertir en el país, la menor calificación crediticia, etc. Esto es apenas la punta del iceberg de un problema más grande: la fragilidad de nuestra estructura económica, y de las finanzas públicas.  



En el mundo de lo ideal, del deber ser, se asume que el erario público se nutre de la cooperación voluntaria entre ciudadanos iguales, y los recursos públicos resultan ser sagrados. 


En el mundo real, en el que prima la extrema competencia entre clases y bandos rivales, además de la mezquindad de los más opulentos,  los tributos los impone, coercitivamente, un Leviatán mediante tres modalidades de expoliación, a saber: i) un Robin Hood que quita a los ricos para dar a los pobres; ii) un Robin Hood,  invertido,  que implementa políticas tributarias regresivas; iii) un nocivo ogro filantrópico que, complace (o pretende complacer), en el presente, a casi toda la sociedad, a costa de dilapidar los recursos del futuro (y aumentar las futuras cargas impositivas). 


La dilapidación de los recursos del porvenir se hace mediante dos modalidades: a) la acelerada extracción de recursos naturales, en particular, no renovables (que se han formado durante millones de años en las entrañas del planeta); b) la deuda soberana, con sus onerosos intereses, que parece diseñada para ser impagable. Ambas políticas económicas son una especie de muerte a crédito (para retomar la afortunada expresión del escritor francés Louis-Ferdinand Céline). La rápida extracción de recursos minero-energéticos, en particular, de combustibles fósiles, además del agotamiento de las reservas, nos conduce, con celeridad, al aumento de la temperatura global del planeta, y a un peor caos climático.  La creciente deuda soberana, con su onerosa carga de intereses y comisiones, además de las caprichosas subidas en la tasa de interés, deja hipotecada y subyugada a la sociedad en el futuro cercano, y a las siguientes generaciones.


Al contrario de nuestra miope tecnocracia, la sabia naturaleza afronta los inevitables riesgos, incertidumbres y turbulencias del porvenir mediante una modalidad de ahorro que suele aparecer como redundante, y como desperdicio. Para afrontar los declives y la escasez de recursos, los diversos organismos están dotados con reservas, y con órganos de repuesto. Esas reservas y defensas los tornan fuertes en tiempos difíciles, y les permiten sobrevivir.  Sin ahorro y sin precauciones no hay supervivencia. 


En el cada vez más anti-natural mundo de hoy, las economías públicas y privadas, están integradas por consumidores e inversionistas que, literalmente, viven por encima de sus posibilidades. Consecuentemente, derrochan las existencias presentes, y devoran los recursos del porvenir y, además, dejan el ominoso legado de una deuda para el mañana. 


Quienes han devorado los recursos del futuro, mediante la extracción acelerada de recursos minero-energéticos y el endeudamiento, se constituyen en seres y en economías frágiles. Lo frágil se despedaza y se destruye en las épocas de crisis, y en los tiempos de turbulencias. 


Las economías y los organismos frágiles son rígidos, no tienen opciones alternativas y, en casos de crisis, se quiebran y destruyen. 


Durante décadas, la clase política, los grupos privilegiados y cierta tecnocracia, han hecho todo lo posible para fragilizar la economía colombiana. Durante más de un siglo, el país ha dependido de la renta de recursos minero-energéticos, en particular combustibles fósiles. En los últimos gobiernos aumentó el endeudamiento, a tal punto que la deuda soberana hoy casi llega a más de 63% del PIB. 


Algunos defienden la continuidad e, incluso, el aumento en la extracción de combustibles fósiles asumen, optimistas,  que estos aportarían, en 2023, más de 60 billones al erario público (aunque, sintomáticamente, se muestran inconformes con la subida de impuestos a este sector extractivo). 


Hay que recordar que en el presupuesto nacional del 2023, se han destinado 72.3 billones de pesos para el pago de la deuda soberana. Este, vergonzosamente, es el mayor de los rubros del gasto público. Las rentas por el petróleo extraído y exportado ni siquiera cubrirían el pago anual por el presupuesto de la deuda.   


En  el mundo, los diversos regímenes y políticas, de derecha a izquierda del espectro político, han vivido un turbulento año 2022, debido a las herencias de la pandemia, los conflictos comerciales entre China y Estados Unidos, la invasión rusa a Ucrania, y los cada vez más frecuentes cambios extremos en el clima. Los países más empobrecidos, con menos reservas y más deudas, han sufrido más las turbulencias. 


La subida de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos, y el endurecimiento de los créditos internacionales podría generar una nueva, y esta vez más fatal, crisis de la deuda en América Latina,  y en otras regiones dependientes y frágiles. 


Hoy es prioritario transitar hacia unas energías limpias, renovables y, en particular,  mejor distribuidas que los minerales y los combustibles fósiles. Hay cierto grado de veracidad en que el sol sale para todos y el viento sopla por todas partes. 


La transición energética, para que sea factible, implica superar las fragilidades estructurales de nuestra economía y de nuestras finanzas. En esta perspectiva se dejan enunciadas las siguientes políticas:


  1. Jubileo de la deuda soberana:  lo cual incluye el cambio de obligaciones por cuidado de la Amazonía. También debería incluir una implementación de justicia restaurativa: los países del norte global tienen una deuda ecológica con el resto del planeta y, en aras de alguna simetría, se debería abolir la deuda financiera de los países del sur global. Con los recursos liberados se podría financiar la transición energética y habría más financiamiento del gasto social. 

  2.  Transformación de la economía: transitar de un contrahecho aparato “productivo” (con un sector financiero y comercial muy grandes, y una agricultura muy pobre y contaminante, además de una nociva ganadería), hacia una economía más intensa en sectores con baja huella ecológica: una agricultura orgánica con soberanía alimentaria (y alimentos locales, o cero kilómetros), un sector servicios orientado a la economía de los cuidados del prójimo y de la naturaleza. 

  3. Una paz total en perspectiva económica: para promover la paz entre los seres humanos y frenar la guerra de estos en contra de la naturaleza. Esto implica, además del desarme, que los grupos que firmen la paz supriman cualquier práctica, a pequeña o a gran escala, de deforestación y de minería ilegal. 


Uno de los puntos más difíciles, y plenos de dilemas (ecología versus economía, ética versus economía), es la velocidad de la transición. Los gradualistas, que siguen abogando por extraer hasta la última gota de crudo y el último gramo de carbón, parecen olvidar que los combustibles fósiles exportados por Colombia se queman en algún lugar del planeta: pecamos por la paga, en tanto otros pagan por pecar. 


En aras de la soberanía energética, con precaución ecológica, se deberían gastar,  mucho más lentamente, las ya exiguas reservas de combustibles fósiles, y dar prioridad al consumo interno (pero suprimiendo todo subsidio). Pero lo más importante es el ahorro energético y la reducción ostensible en la huella ecológica, lo cual amerita futuras investigaciones. 



*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Escritor y conferencista. Estudioso de la acción noviolenta en política y en economía, y de la cultura ciudadana. E-mail: documentosong@gmail.com. Instagram: fredy64cante  

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