Una nota sobre la economía gandhiana


Freddy Cante*


Un 30 de enero de 1948, hace 75 años, fue asesinado Mahatma Gandhi, quien a través de una serie de luchas no-violentas, lideró la liberación de la India del imperio británico. 


Un periodista, llamado Edward Snow,  expuso una original interpretación del terrible impacto de la muerte de Gandhi en la vida de los cuantiosos ciudadanos de la India. En su visión, Mahatma Gandhi era el espejo en el que toda la gente de la India veía lo mejor de cada quien, y cuando muere el gran líder, entonces ese espejo se quiebra hasta pulverizarse.  


La historia, menos poética, daría la razón a esa interpretación. Luego de la muerte de Gandhi, la India se separa de Pakistán, años más tarde ingresa en el ominoso club de los países con armas nucleares, y de las naciones emergentes con más crecimiento y, también, con más pobreza y desigualdad. 


Gandhi es ese menudo hombre, quien aparece en diversas fotografías, con irreverentes gestos simbólicos, de los cuales aquí se destacan tres: primero, la indumentaria extremadamente simple y precaria, que evoca su voto por la pobreza voluntaria; segundo, su pose tomando un puñado de sal del mar, para motivar una acción colectiva de desobediencia, en contra del monopolio inglés sobre este recurso de primera necesidad; y, finalmente, tres, su invitación a la defensa de la industria nacional, cuando toma en sus manos una rudimentaria rueca. 


Como todo estratega y político, Gandhi estuvo influenciado por algún gran economista difunto (para recordar el sabio aserto de Keynes, sobre la influencia de los filósofos de la vida material en los líderes políticos). 


El británico John Ruskin, prolífico escritor del siglo XIX, quien abordó la arquitectura, la crítica del arte, la botánica, la filosofía y la economía política, fue el gran economista, inspirador de la teoría y de la acción de Gandhi.  Su aporte a la economía está condensado en el libro Unto This Last, traducido al castellano bajo el título El bienestar de todos. 


En una afirmación, no inmune a la controversia, Gandhi sugirió que el planeta puede sostener a una enorme población humana, siempre y cuando, la totalidad de las personas, se limiten a satisfacer sus necesidades básicas. 


La perspectiva económica de Gandhi es diametralmente opuesta al egoísmo utilitarista. Afirma, como lo haría Jesucristo y San Francisco de Asís, que todos somos hermanos, y la hermandad se extiende a todas las criaturas de la naturaleza.  Los egoístas utilitaristas buscan maximizar el número de artefactos y experiencias de consumo. Los que, como Gandhi, aman al prójimo y a la naturaleza, buscan dar lo mejor de sí, incluso al punto de sacrificar su vida. 


En alguno de sus pasajes reflexivos, en un texto titulado, todos somos hermanos, Gandhi afirma que si yo tengo dos capas, y mi vecino no posee alguna para abrigarse, entonces yo soy un vil ladrón .


En la teorización de Ruskin se pone de relieve el contraste entre la vulgar e insana economía de los negocios, y una genuina economía política. La economía de los negociantes enseña el camino a la riqueza, sea de un individuo, su gremio o su nación. Ruskin destaca que los ricos se hacen más opulentos,  en la medida en que aumenten (maximicen) la multitud de pobres en su entorno. La vulgar economía de los negocios conduce a la destrucción, y a la muerte; la auténtica economía política está encaminada a aumentar la cantidad de vidas dignas y felices en una sociedad. 


La evidencia empírica, en el mundo y en Colombia, permite comprobar la veracidad de las afirmaciones de Ruskin, en relación con esa especie de juego de suma cero que existe entre la pobreza y la riqueza. 


A nivel mundial, para el año 2021, los investigadores de Oxfam registran que el 1% de la población mundial, conformado por los ultra-ricos, posee fortunas muy superiores al millón de dólares, que constituyen el 47.8% de toda la riqueza planetaria. Por contraste, el 53.2% de la población, unos 2.818 millones de nadies, apenas posee minúsculas riquezas de menos de US$10.000 (el equivalente a menos de cincuenta millones de pesos). 


En Colombia, cuatro ultra-ricos acumulan la riqueza de unos 25.5 millones de compatriotas. Con nombre propio y riqueza estimada se tiene que: Luis Carlos Sarmiento posee unos 9.9 billones de dólares, David Vélez unos 6.5 billones de dólares, Jaime Gilinsky unos 4.2 y, finalmente, la viuda de Julio Mario Santodomingo posee unos 3.5 billones de dólares. 


La reciente reforma tributaria, liderada por el veterano economista José Antonio Ocampo, avanza en la dirección correcta pero, en lo referente a redistribución de la riqueza, lo hace a pasos ridículamente milimétricos. 


En el mundo y en Colombia, por ahora, la asignatura de economía política está perdida, y es tiempo de buscar en la fuente de autores como Ruskin otras perspectivas.


*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Escritor y conferencista. Estudioso de la acción noviolenta en política y en economía, y de la cultura ciudadana. E-mail: documentosong@gmail.com. Instagram: fredy64cante  

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