El laberinto de la paz
Freddy Cante*
En el cuento “la muerte y la brújula”, Jorge Luis Borges narra dos trágicas eventualidades, a saber: primera, un investigador que logra ubicar al culpable de varias muertes, pero que no puede evitar su propia muerte (a manos del susodicho criminal); segunda, la constatación de un pavoroso laberinto, el cual es una sola línea recta, y que es invisible e incesante. Curiosamente, ambas contingencias existen en la tentativa, bombásticamente, bautizada como la paz total.
Las cuantiosas críticas han apuntado a la primera eventualidad, esto es, al contrahecho sistema de incentivos a los grupos insurgentes y criminales, que se traduce en una trampa para el propio gobierno del cambio, en su acelerada y, a la vez, amplísima búsqueda de la paz.
El proceso de paz (total), adelantando por el llamado gobierno del cambio, en realidad, no se diferencia sustantivamente de los procesos de paz, adelantados por los gobiernos anteriores, aquellos de la permanencia (del status quo, y del conservadurismo). El común denominador de todos los procesos de negociación, hacia la paz, ha sido que estos se han reducido a un diálogo con los perpetradores de violencia y criminalidad (los actores armados). Por lo demás, los pocos procesos, medianamente exitosos, han sido aquellos en que algunos actores armados llegan a la mesa cuasi-acabados, luego de haber sufrido alguna derrota militar.
La falla común de todos estos procesos, y la más criticada, es aquella de la laxitud negociadora, es decir, la trampa en la que caen los negociadores. Todos los críticos se quejan de los premios y prerrogativas que han recibido los alzados en armas, sean estos de izquierda o de derecha.
En general, todos los gobiernos que han negociado con algún actor armado han osado, en el extremo de la laxitud, concederles cárceles que resultan cómodos vivideros y dispositivos de escape, zonas de distensión que permiten la continuidad de la violencia, y leyes que les llegan a premiar algunas o todas sus fechorías.
No obstante, en este breve artículo me referiré a una falla más protuberante del proceso de paz, la cual es el laberinto lineal de la carrera hacia la paz: como un Aquiles atlético, el gobierno del cambio, en sólo cuatro o menos años, habría conseguido la dejación de armas y la suspensión de la violencia, del variopinto espectro de grupos criminales, insurgentes y contra-insurgentes con los que se está negociando. A la manera del mejor ajedrecista, juega varias partidas de ajedrez, en simultánea, con varios rivales, y en todas ellas quiere ganar (dejar en jaque mate a cada grupo).
En sus reflexiones filosóficas (disfrazadas de cuentos de ficción), Borges mostró que en una carrera, a través de una línea recta, el atlético y ágil Aquiles siempre resulta derrotado por la gruesa y lenta tortuga. Las virtudes de la tortuga se pueden entender como la lentitud y la honradez: avanza paso a paso, sin atajos y sin saltos, afronta, pacientemente, cada punto o bache del camino; Aquiles, en realidad, pierde porque da agigantadas zancadas y saltos.
El enorme error de actual tentativa de paz (total) y de los anteriores procesos, tiene que ver con el laberinto lineal, o con los saltos y atajos de quienes diseñan estos procesos de paz. Esta especie de pecado mortal de los pacifistas y negociadores tiene dos aspectos relacionados, a saber: primero, el yerro reduccionista, al centrarse en perpetradores, sin examinar la conexión de los grupos armados con extensos sectores de la sociedad que les colaboran, y otros que resultan beneficiarios de la actividad violenta y delincuencial; segundo, el enfocarse, exclusivamente, en el aspecto militar, sin tocar las redes sociales que, de manera voluntaria, nutren y son nutridas por los actores armados.
En un conflicto, como el de la prolongada violencia colombiana, con visos de guerra civil, una mayoría de las víctimas son civiles (no combatientes). A esto se suma que existe una retroalimentación entre una sociedad autoritaria y extremadamente agresiva, con los actores armados, sean estos insurgentes, contra-insurgentes y/o criminales. Los llamados violentólogos, hacia los ochentas del siglo pasado, mostraron que la violencia que mata más en Colombia, no ha sido tanto la del monte (la guerra), sino la agresión cotidiana: violencia intra-familiar, riñas barriales, peleas en medio de la congestión y rivalidad del tráfico, etc. El profesor Kalyvas, en su extenso estudio sobre la lógica de la violencia en las guerras civiles, mostró que existe una utilización mutua entre sectores agresivos de la sociedad, y grupos armados: la violencia cotidiana nutre y es nutrida de la violencia política.
El mapa lineal de la violencia (que debería servir también para la búsqueda de la paz), es el siguiente: el Estado, los grupos armados anti-estatales (la insurgencia), los grupos para-militares (contra-insurgencia), y las agrupaciones mafiosas y delincuenciales (que están más intensamente motivadas por la codicia, que el resto de los grupos que están motivados también por los agravios). Este mapa se complementa con las redes de apoyo (colaboradores voluntarios e involuntarios) de cada agrupación armada y, además, y muy importante, con los beneficiarios económicos y políticos del accionar militar de los grupos anti-estatales. Esto último tiene que ver con la relación entre los grupos armados y las élites locales y regionales, y también con sectores de la clase empresarial nacional y foránea.
Si a los millares de milicianos que tienen las diversas agrupaciones anti-estatales, violentas y criminales, adicionamos los cientos de miles de personas que sirven como base de apoyo, y las decenas de integrantes de las élites y de la clase empresarial que son beneficarios, entonces podemos constatar que los actores del conflicto, armados y desarmados, son una gigantesca hilera de la sociedad. Obviamente, un problema de semejante dimensión colectiva y de un entramado tan complejo, no se resuelve con unos diálogos y un tratamiento netamente militar, en unos cuatro años.
El proceso de paz, a grandes rasgos, se debería entender como una tentativa de conflicto no-violento y estratégico, en el cual existe el gran reto de generar, a través de la cultura política, una sociedad más democrática, menos autoritaria y menos violenta. Con una base social diferente se podría propender por fomentar unas estrategias de no-cooperación económica, social y política, para desintegrar y aniquilar las fuentes de poder de unos sectores violentos y corruptos de la clase política y de la clase empresarial, y de los grupos armados.
Hasta ahora, tristemente, la sociedad ha sido un espectador pasivo y un convidado, casi de piedra, que pudo manifestarse por un voto por la paz en general (hacia los años noventa del siglo pasado) y, recientemente, en el improvisado plebiscito por la paz con las FARC, en el gobierno de Santos.
Al concluir este artículo no puedo omitir, al menos mencionar, la dependencia de un factor exógeno y de enorme importancia, esta es, la guerra contra las drogas que ha sido el acicate de los grupos armados en las últimas cinco décadas, y que constituye una variable política manejada por los Estados Unidos. Sin este último eslabón es, en realidad, muy poco lo que se puede hacer para avanzar hacia la paz.
*Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Escritor y conferencista. Estudioso de la acción noviolenta en política y en economía, y de la cultura ciudadana. E-mail: documentosong@gmail.com. Instagram: fredy64cante


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